Estaba sentado frente a la computadora, escribiendo una historia que se me apareció hace algún tiempo y a la cual por fin he decidido darle forma, cuando me asalto un recuerdo (o varios a la vez), los recuerdos venían acompañados de una mezcla de sentimientos y pensé en sacarlos y compartir los de alguna manera.
Había dejado este blog en suspenso mas por circunstancias de la vida que por otra cosa, ha pasado casi un año desde la ultima vez que postee algo y en ese año han pasado muchas cosas también, ella (la ella de los post anteriores) ya regreso y ya esta haciendo su vida en otra ciudad y con otro acompañante, sin embargo el destino y el azar son caprichosos y yo que tengo un corazón de condominio no podía quedarme quieto, y así sin más apareció en mi vida otra mujer, una historia larga que, espero, haya oportunidad de comentar en algunas nuevas entregas del blog, sin embargo el hecho que me animo a escribir de nuevo no fue la nueva presencia en mi vida, o por lo menos no es el principal motivo, como comentaba arriba estaba escribiendo una historia y una parte de la misma transcurre en las tardes de otoño, cuando la noche empieza a caer sobre el valle de México y de los pueblos cercanos, recordé ese momento, cuando en alguna calle Cholulteca, cerca de la universidad o desde el patio o azotea de alguna de las tantas casas por las que pase en mis años en Puebla contemplaba como el sol se iba perdiendo poco a poco tras los volcanes, al tiempo que sentía en mi cuerpo el frió que anunciaba la cercanía del invierno, recordé que por alguna extraña razón que aun no alcanzo a dilucidar este momento de escasos 15 minutos es mi favorito del día, me trae recuerdos y me inunda de nostalgia y alegría a la vez, nostalgia porque extraño a los amigos, porque era el momento en que por fin habíamos terminado el día y solo nos quedaba planear la noche para divertirnos, nostalgia porque es un momento mágico que nos recuerda nuestra pequeñez frente al universo, ver que el sol se oculta tras los volcanes en un ritual que ha durado miles de años, ver a esos gigantes de piedra que siguen ahí, impasibles al paso del tiempo y las civilizaciones, un momento mágico que nos recuerda nuestra fragilidad ante el universo y la naturaleza, me inunda de nostalgia porque ese momento lo paso solo y a veces me gustaría compartirlo con alguien mas, pero también de alegría por la esperanza de que ese momento tan breve se repetirá al día siguiente con la promesa, ahora si, de que tal vez haya alguien con quien compartirlo.
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